Los sueños de Octubre y la derrota del vencedor #FélixOvejero

El 3 octubre de 2017 a las ocho y media de la tarde tomaba un avión desde Sevilla hacia Barcelona. Pocas horas antes el Rey había anunciado un discurso para las nueve de la noche y durante la tarde me temí lo peor, otra dosis de cháchara complaciente con el delito y la mezquindad. Ya saben: pocas menciones a la ley y mucha cochambre palabrera alterando el sentido recto de los conceptos (pluralidad, diálogo, etc). Al aterrizar en Barcelona y conectar el teléfono, en un mensaje, bromeando, un amigo me preguntaba si yo era el autor del discurso. No, no lo había escrito pero, naturalmente, lo firmaba. Lo firmaba como firmo la Constitución: no incluía todo lo que yo hubiera dicho, pero casi todo lo que incluía lo hubiera dicho. Aquella noche llegué con dificultades a casa, caminando a través de una ciudad vandalizada por las escuadras del nacionalismo con la complacencia de su alcaldesa. Pero nada me quitaba la sonrisa de la cara. Como en el poema de Gil de Biedma, algo ya comenzado no admitiría espera. Había razones para la esperanza.

El fin de semana había resultado tenaz, como dirían en Colombia. Con la ayuda de importantes poderes mediáticos y la comprensión o la complicidad de los partidos que ahora gobiernan, la engrasada maquinaria propagandística del nacionalismo había facturado una mentira colosal sobre la represión policial. Recordarán algunos mimbres de la farsa: miles de heridos, lesiones que se cambian de extremidad, imágenes televisivas de archivo y, naturalmente, unos cuantos corresponsales extranjeros, comenzando por el del NYT [New York Times], un hombre que lo ignora todo también sobre Cataluña. Fabricantes de mentiras y voceros repitieron con coordinación de Cabo Cañaveral la cantinela. Más exactamente, la patraña: a día de hoy no ha habido ni una sola condena por el uso ilícito o desproporcionado de la fuerza. Una fiesta infantil, si tomamos como unidad de medida los perjudicados en una sola manifestación de los chalecos amarillos o en una intervención de trámite de los mossos: por ejemplo, la del 15M, que, esa sí, acabó con condenas judiciales.

Pero nadie lo decía. Al día siguiente del referéndum, … en un artículo recordamos lo elemental: “Es inconcebible que se pueda calificar de “error” o de “torpeza” que las fuerzas del orden encargadas de ejecutar la resolución judicial del impedimento del “referéndum” cumplieran, precisamente, con su cometido [“¿Dónde está la desproporción”]. ¿Cuál es el error? ¿Que usaran la fuerza? Oigan, un antidisturbios no es un filósofo de la palabra que aborde su tarea por el método deliberativo de disuadir con argumentos a quien con su comportamiento delictivo se apodera ilegalmente de locales públicos. La fuerza del orden interviene cuando el delincuente, persistente en su conducta, ya se ha desentendido de la fase deliberativa, que precisamente ha concluido con una resolución judicial que ha sido desatendida: por eso sólo queda el recurso de la fuerza. Porque el Derecho no es más que fuerza: es la regla que determina quién en un conflicto puede usar la fuerza y cuánta. Intelectualmente no se puede estar, como Pedro Sánchez, a “favor de la legalidad” pero en contra de su efectividad”.

[…]

Pero sí, yo volvía esperanzado de Sevilla. La Constitución en marcha, si se me permite parafrasear el poema de Celaya que algunos hoy considerarían apología del franquismo. Octubre parecía dejar de ser un “mes amb erra” en el sentido del poema de Ferrater. Cinco días más tarde, para sorpresa de los ideólogos del un sol poble, en Barcelona, cientos de miles de ciudadanos salieron a la calle a defender nuestro marco constitucional. También en otras partes de España. Incluso (¡oh, sorpresa!) los socialistas consentían manifestarse junto a los que descalificaban como “derecha extrema”. Seamos precisos: solo se apuntaron cuando vieron las calles llenas. El mismo Iceta, que el 29 de octubre saltaba entre banderas constitucionales en la segunda gran manifestación, había hecho ascos a la primera. Como soy fácil de engañar, pensé: bien está lo que bien acaba, aunque no me olvidaba de otra manifestación en aquel mismo paseo de Gracia encabezada por Montilla después de retar al Tribunal Constitucional con argumentos de maltratador: “no hay tribunal que pueda juzgar sentimientos”. Pero esta vez la mutación parecía irreversible. Los ciudadanos habían emplazado a los políticos. Claro que también me acordé de lo sucedido cuando asesinaron a Tomás y Valiente o a Miguel Ángel Blanco y de las energías cívicas malbaratadas entonces por los profesionales de comprender las razones de la barbarie reaccionaria.

Me repetí: está vez va en serio. Había que confiar y había razones para hacerlo. Cuando se opta por la independencia, como habían hecho los nacionalistas, se cancela el dilema “la independencia o algo a cambio, que es un paso hacia la independencia”: el chantaje que, no sin mala fe, muchos han descrito como “ayuda a la gobernabilidad” y que tanto ha degradado nuestra democracia. Digo “democracia” por no decir “Estado”. Ahora ya quedaba claro: con la ley y la democracia o en contra. El secesionismo había apostado y perdido. Era la ocasión, como lo fue el 24F, de derrotar definitivamente a quienes buscan acabar con nuestra comunidad de ciudadanos. Además, ahora contábamos con un compromiso ciudadano que entonces faltó, a qué engañarnos. Podíamos desnudar para siempre una retórica que en nombre de la identidad ha justificado los privilegios. Como en el Antiguo Régimen, mutatis mutandis, la sangre por la identidad. Por fin, la izquierda parecía asomarse a su espejo de Dorian Grey. Invocando a la nación y a la identidad se había asesinado, cercenado libertades y justificado un golpe a la Constitución. Esas dos palabras debían quedar contaminadas para siempre. Si franquista se había convertido en una descalificación, nacionalista, otra variante de lo mismo, también tenía que serlo. La merecida sanción moral que precede a las extinciones políticas.

Han pasado tres años y qué les voy a contar. Nos engañamos o nos engañaron. Sánchez y Ábalos han faltado a cada uno de sus compromisos desde la moción de censura. Y no eran vaguedades, que, para rechazar todo lo que han acabado defendiendo, aquello por lo que no los votaron, explotaron todas las posibilidades de los cuantificadores negativos en sus compromisos: nunca, jamás, de ninguna forma, en absoluto, etc. Solo les faltaba jurar por sus muertos. Nadie ha mentido con mayor descaro. Por su parte, el vicepresidente ofrece una “redefinición del Estado” para contentar a quienes tienen como objetivo proclamado destruirlo y habla con naturalidad de presos políticos, que es como decir que gobierna una dictadura. Y los nacionalistas, pues señoreando sus dominios con maneras que, en comparación, convierten a las repúblicas bananeras en impecables democracias nórdicas. Las maneras de siempre. Si en su día, cuando Pujol declaró por sus delitos en el Parlament, la presidenta le invitó a comer y las CUP lo recibieron con la deferencia servil de José Luís López Vázquez en “Atraco a las tres”, Torra, que blasonaba de estar a las órdenes de un fugado de la justicia, ha permanecido durante meses en un cargo para el que estaba inhabilitado. Mientras tanto, en el País Vasco, en lo que no deja de ser una nueva variante de la prioridad de la identidad sobre la vida, retrasan la activación de la app de rastreo del virus hasta su traducción al euskera. En fin, a eones de distancia moral de las cremas de Cifuentes. Y los españoles, que en su día salieron a la calle, pues como si estas cosas sucedieran en otro país, porque ya han asumido psicológicamente que se trata de otros países. Tampoco cabe la sorpresa, cuando Sánchez lleva la tarea de gobierno como si no fuera con él, como si dirigiera un organismo internacional: si hay problemas, que lo llamen, que está dispuesto a colaborar. Cogobernar lo llaman, como en el Sacro Imperio Romano.

Admitámoslo, quienes perdieron en aquel octubre han impuesto su cuento. Lo del País Vasco: la derrota del vencedor. No hubo sanción moral y ahora quienes desprecian la ley dictan la doctrina ética. Como Pujol en su día desde el balcón de la Generalitat. Ya está sucediendo: desaparece el compromiso de acatar la Constitución y la naturaleza de los delitos y las penas se negocia con quienes han proclamado su intención de repetir los delitos. Y el Rey, quien recordó el significado exacto de la ley, que ni se acerque a quienes tendrán que garantizar su cumplimiento. El Estado fuera de Cataluña. El diálogo, ya saben.

Para quienes se toman su vida en serio no hay experiencia más dolorosa que descubrir que vivieron en la mentira. Se entiende el desánimo de tantos. Aquel octubre resultó una ficción. Pedro Sánchez no ha hecho más que levantar el telón y confirmar que nunca hubo unidad constitucional. Para emborronar el trazo constitucional del 2017 ha recuperado el perímetro antifranquista, con ERC y Bildu, donde solo caben quienes no se sienten comprometidos con la Constitución. Los demás, fachas.
Todo esto es nuevo. Sin duda, hay una continuidad ideológica entre Zapatero y Sánchez; pero también una importante diferencia: el primero se molestó en componer su gestión con retórica deliberativa. Sí, es cierto que, en la práctica, la traicionaba, pero admitía su fuerza moral. Quien invoca las buenas palabras, aunque sea para engañarnos, al menos las honra. Lo de La Rochefoucauld: la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud. Zapatero se instalaba en la trapacería, crispaba mientras condenaba la crispación; pero asumía un el paisaje normativo compartido. Sánchez parece dispuesto a arrasar con él. La tesis doctoral dibujaba un perfil y una pauta. No era sobre economía, sino de filosofía moral: una declaración de principios. Nada le importa.

Si las cosas son así, Redondo no factura mentiras sino que, con desnuda y brutal franqueza, está cambiando las convenciones básicas de la convivencia. Y lo peor es que no queda nadie en condiciones de recordárselo, desde luego no en el secarral de una derecha incapacitada para el pensamiento abstracto. Al revés, parece empeñada en dar por buenos los despropósitos, no sea qué. Ha recorrido entera la ventana de Overton sin transitar por las etapas intermedias: lo inconcebible es ya imprescindible.

Sencillamente, durante mucho tiempo estábamos instalados en la ensoñación. No entendimos nada. Cuando lo hemos descubierto, tres años más tarde, nos encontramos como el protagonista del poema de Kavafis: “los mensajes eran falsos/ (o no alcanzamos a oírlos, o no comprendimos bien). Otra catástrofe, otra que no imaginábamos,/súbita, violenta, cae sobre nosotros,/ y sin estar aún preparados –ya no hay tiempo—nos arrastra.” Vamos, que se nos queda cara de tontos.

Félix Ovejero

Lectura Completa: https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2020/10/01/5f74b482fc6c83ae268b45a1.html

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s